La magia del invierno


Foto: Pepe Herrera


El frío, se hizo presente en la salida de mi hogar. Mi padre y yo, café caliente bebido al tiempo en el que las luces de las farolas se apagaban dando paso a una nueva mañana de invierno, viajábamos en el coche. Dan sus últimos coletazos las oscuridades de la noche ya pasada cuando nos adentramos cruzando la cancela abierta del paraíso que siempre soñaré tener.


Salimos del coche, provisto yo de unos botos que hacía imposible que el frío, un personaje que nunca falta en estos menesteres, entrase por los mínimos huecos que permitía mi cuerpo. Saludamos a los hombres de la ganadería con cortesía y educación pues estábamos en un territorio que no era nuestro, y nos situamos en la grada de la plaza de tientas.


Miraba a mi alrededor, apreciando tiempos en los que la niebla de la mañana tras el amanecer se desliza por la colina mientras los toros se desperezan, con el rocío cayéndoles sobre el lomo que brillará con los soles del mediodía. Los mayorales provistos de abrigos, arrean el ganado, y una taza de café caliente completa en mi inspirada mente, un cuadro de idolatrante e insuperable belleza pintado desde el salón de un cortijo.


Miré a mi derecha y el olor a leña quemada salía de la chimenea proveniente del cortijo del ganadero, que apunta con una pluma los datos de sus animales antes de la prueba o examen más bello de este planeta.


Las hembras seleccionadas para el exigente examen, son remarcadas sobre lo ya escrito en la biblia en la que el ganadero basará su creencia: el libro de notas. Guarismo, pelaje, reata, etc. Todo bajo un co